lunes, 20 de febrero de 2012

Escrito de Don Francisco Fernández Lao, Párroco de San Pío X y Consiliario.


LOS CRISTIANOS

La fe cristiana viene de Jesús de Nazaret, confesado como el Cristo, el enviado de Dios.

Jesús fue un judío que, hace dos milenios, en Palestina, habló de Dios y del mundo que Dios quiere con un lenguaje novedoso y sorprendente. Jesús decía que Dios es el Padre de todos los hombres, que ama a cada uno de sus hijos de un modo único y exclusivo, que nos acompaña en todo momento, incluso cuando nos alejamos de él, y que nos ofrece, más allá de este mundo, vivir con él para siempre. Y decía que lo que Dios quiere es instaurar su reino: el mundo en el que las personas se aman, donde los pobres dejan de sufrir, en el que todos los hombres se tratan y quieren de verdad como hermanos…

Jesús no sólo hablaba de Dios, sino que actuaba como él. Su misión era cumplir la voluntad de su Padre, afirmaba; por eso hacía lo que decía. Así, se acercaba a la gente, curaba a los enfermos, liberaba a los oprimidos por el mal, recuperaba a los excluidos y marginados, invitaba a todos vivir con confianza, animaba a vaciar el corazón del apego al dinero y a llenarlo de los valores que duran para siempre, exhortaba a servir a Dios más allá de una religión hecha de leyes y de ritos externos y llamaba a todos a seguir su camino de fe y de amor, el único camino que lleva a la vida perdurable.

Jesús despertó la admiración entre la gente y muchos se sintieron atraídos por él y le buscaban para escucharle y para que los curara. Pero, también, otros se pusieron en su contra, sobre todo los dirigentes religiosos. Veían en Jesús un peligro para el poder y el control que ellos ejercían sobre la gente. Sólo un pequeño grupo de hombres y mujeres fueron sus fieles seguidores, aprendiendo como discípulos del mejor maestro.

Los enemigos de Jesús urdieron un plan para eliminarle y acabar con su joven vida. Detenido a traición, fue acusado de ir contra Dios y contra el Emperador romano. Denigrado y rechazado por la gente, fue condenado a muerte. Y murió ejecutado en la cruz, el patíbulo reservado a los esclavos y a los asesinos, a los malditos de Dios.

Tras la muerte de Jesús, sus seguidores quedaron abatidos y desconcertados y llenos de miedo. Habían seguido a Jesús atraídos por su mensaje y por su modo de vivir. Veían en él al enviado de Dios, al Mesías esperado. Y no entendían que Dios permitiese que la vida  de quien tanto bien había hecho a todos y tanta fe transmitía se truncara con un fracaso tan escandaloso.

Sin embargo, el primer día de una nueva semana, al tercero de la cruel muerte de Jesús, el pequeño grupo de seguidores vivirá una experiencia inesperada, inusitada, maravillosa, difícil de explicar con palabras, que va a cambiar radicalmente sus vidas: el encuentro con Jesús resucitado, que les transmite su Espíritu. Sí, el mismo Jesús que había muerto en la cruz ahora es reconocido vivo, resucitado, con una presencia nueva entre los suyos.

Ahora entenderán los discípulos que Jesús no es sólo el enviado de Dios, sino la presencia plena de Dios mismo en el mundo. Su vida es la vida de Dios; su mensaje, el mensaje de Dios; su persona es Dios mismo, hecho hombre. Y creerán en él y le confesarán como el Señor y, reunidos en comunidad en torno a Jesús resucitado y animados por su Espíritu, vivirán como él y anunciarán su mensaje a los cuatro puntos cardinales. De este modo nace la fe cristiana.

Nosotros somos hoy continuadores de aquella primera comunidad de seguidores de Jesús. Como ellos, hemos recibido el mismo Espíritu de Jesús resucitado, el Espíritu Santo. El bautismo nos ha hecho miembros de la gran familia de los hijos de Dios. En la Eucaristía, el día del Señor, convocados como Iglesia nos alimentamos de la Palabra de Dios y del pan de vida que es el mismo Jesús. Es la vida que Jesús nos transmite también en los demás sacramentos que celebramos.

Y lo que celebramos en la casa de la Iglesia queremos que se note en la vida de cada día. Es el encargo de Jesús a sus discípulos de todos los tiempos: hacer presente en todas partes, con el testimonio de la vida, el amor de Dios para con todos los hombres y mujeres del mundo. Así, los cristianos hemos de ser gente siempre al lado de los que sufren; buscadores de la concordia y la paz; personas que no son egoístas, que no ambicionan el dinero y el poder; que trabajan y se esfuerzan para que nadie quede excluido del bienestar y la vida feliz que Dios quiere para todos…

Los cristianos no somos mejores que el resto de los humanos. Pero sí estamos convencidos de que hemos encontrado un tesoro en Jesús y su evangelio. Confiados en él, nuestro maestro en humanidad, caminamos por este mundo procurando hacer presente el amor que hemos recibido y esperamos llegar a la plenitud de la vida que el mismo Dios nos ofrece en Jesús, su Hijo hecho hombre.

Las celebraciones litúrgicas y los pasos, que estos días de la Semana Santa desfilan en procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades, buscan mostrar de forma bella el amor de Jesús, el Cristo entregado a la muerte y resucitado para salvación de todos. El gran poder de este amor se quedará en pura estética y no será creíble si no va acompañado del testimonio de amor fraterno de los que, con tanto gozo, nos llamamos y somos llamados “cristianos”.

Francisco Fernández Lao,
Párroco de San Pío X y Consiliario.